
En todo juego de azar, sabemos que la diversión tiene su límite. Ya sea con los bolsillos lleno, o no tanto, lo cierto es que debemos saber cuando decir basta. Esto hace que uno discipline su juego y mantenga un equilibrio a la hora de apostar y divertirse a la vez.
El bingo no es una excepción a la regla, ya que como todo juego de azar, la tentación de ir por un pozo millonario, hace que queramos siempre una jugada más o bien una apuesta más. En el caso del bingo, es el cartón y el sorteo lo que se pone en juego.
La disciplina es algo que se obtiene con el tiempo y producto de una constancia regular. Como dirían los más chicos (y los no tanto): “la disciplina es tener que hacer lo que no queremos”. Algo un poco exagerado, pero es un buen ejemplo para entender como funciona.
Cuando jugamos al bingo, sabemos que la diversión se va incrementando a medida que pasan las bolillas. El estar a punto de cantar ¡Bingo! Nos genera una adrenalina, que después el mismo cuerpo tiene que encargarse de disminuir –salvo que ganemos el pozo mayor-, para no caer en la tentación de querer volver a repetir la historia.
El saber que uno asiste a un bingo para divertirse, como puede suceder con el póker, la ruleta, los dados o las tragaperras, tiene que ser algo que jamás debemos olvidarnos. Bajo ningún concepto debemos quebrantar esta ley personal, para que el juego siempre siga siendo tal, para que lo convirtamos en otra cosa.

En muchas ciudades donde los bingos son la principal atracción de turismo, y que generalmente son regulados por el estado (municipios que son los organizadores), la venta de cartones es fundamental para generar un pozo que llame la atención no solo de sus ciudadanos sino también de sus seguidores de toda la zona.
Cuando los bingos se establecen como tales, en ciudades donde no se permiten los casinos por diversos motivos (llámese poca población, leyes prehistóricas, etc.), la regulación y control de los mismos pasa a manos de los gobernantes de turno, haciendo que todo el dinero que se recauda en el juego de azar, sea destinado a la comuna para que la misma vuelva sus ciudadano en obras (o al menos esa es la idea original).
Es por eso, que cuando esto sucede, los bingos dejan de ser a beneficio de tal entidad para ser entes recaudadores del municipio. Es entonces que una gran estrategia comercial se despliega y la mejor manera para que el bingo resulte ser beneficioso es vendiendo la mayor cantidad de cartones para un sorteo.
Así es que en el afán de venderlos a todos y estimar un pozo millonario para que la plata atraiga a la plata, ofrecen a las entidades benéficas poner a su gente a vender los cartones anticipadamente en los semáforos y lugares estratégicos de mucha concurrencia, para que algo de los ingresos sean compartidos.
De esta manera, los bingos, ya estatizados, logran su cometido de llevar diversión a sus ciudadanos y simpatizantes y ayudar con el dinero recaudado.

Los juegos de azar siempre tuvieron ese “no se que”, que los convierte en especiales, llenos de glamour y sinónimo de buena vida.
Claro que la buena vida, no quiere decir que solamente sea por tener dinero. Más allá que como digan algunos que “el dinero no es todo, pero financia los sueños”, lo cierto es que hay una mala interpretación o de concepto con respecto a la “buena vida”.
Durante años, la idea de los juegos de azar, estaba atada a una idea equivocada de que los juegos eran un exceso y como tal hacían daño. Eso hizo que los mismos funcionaran en la vereda oscura, donde la ley no los encontraba. Y con el tiempo, se ha demostrado que los mismos, no hacen otra cosa que divertir y pasar buenos momentos.
Así fue como juegos como el bingo tuvieron una popularidad que hasta el día de hoy, se puede observar en los grandes casinos.
El espacio que estos lugares necesitan para llevar adelante un sorteo con un pozo millonario hace que miles de personas se den cita para ir en busca de un poco de suerte. Esto ha hecho que los bingos se conviertan en un verdadero espectáculo, donde personalidades famosas se den cita, -invitadas por los operadores, por supuesto-, para darle un toque supremo a un evento que ya tiene características masivas.
Así es como los bingos, juego de azar que ha sobrevivido a todo tipo de eventualidades y pasatiempos, logró estar entre los juegos de mayor concentración de personas en una misma noche, con el único fin de entretener y ayudar.

Al ingresar a una sala de bingo, las personas que van a participar en el juego obtienen una serie de cartones. Hay distintas calidades de cartón y distintos tamaños. Pero lo llamativo y colorido de este juego radica en que cada tira difiere de las otras por su color, los números que la componen y su disposición en el cartón.
Los hay de colores primarios, rojo, azul y amarillo. Pero también de los tonos secundarios, verde, violeta, anaranjado. Y las variaciones en las gamas, como ser, celeste, violeta, marrón y otros. Esta diversidad en los tonos acompaña a distintos jugadores que por azar le correspondió un determinado color; a la vez que esta diversidad le brinda dinamismo a las mesas.
Azar y cábala
Durante el sorteo de las bolillas algunos jugadores interpretarán que la suerte estuvo de su lado gracias al color que tenía su cartón. Entonces, en la próxima participación que tengan en el bingo querrán adquirir el cartón de igual color que aquél que, según su intuición, le trajo suerte. Sin embargo estas son sólo supersticiones.
Asimismo, en algunas ocasiones, la coincidencia que se da entre el color de los cartones y el éxito en los números genera, en los jugadores, cábalas para los sucesivos juegos de bingo. Estas asociaciones que realizan los participantes de esta actividad son, simplemente, muletillas de esperanza para llenar el cartón y cantar bingo.